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Blog del director





20 de marzo 2020

El espíritu de la colmena

Escribía no hace mucho que "lo sombrío es un estado de ánimo y la luz, una realidad y una esperanza". Y a esto último nos aferramos en el Festival de Málaga. Especialmente, en estos días en los que hemos vivido la tristeza de un aplazamiento, pero cuando trabajamos con ilusión para disfrutar de nuestro festival en un futuro próximo.

Una decisión como la que tomamos el martes 10 -aplazar el festival, a tres días de la inauguración y con todo listo para subir el telón- no es nada fácil, sino, al contrario, muy compleja, porque afecta directamente a un sector y a una ciudad; a los contenidos, los presupuestos y las personas. Porque el trabajo de un año de diálogo con productores, distribuidores, agentes de ventas y directores para tener las mejores películas posibles podría malograrse; porque el esfuerzo de meses de visionados y preparación de la producción y logística del festival podrían no servir finalmente; porque los gastos inevitables ya realizados para estar a punto el día de la inauguración podrían afectar a nuestro presupuesto; porque muchas de nuestras actividades y contenidos paralelos quizás ya no resultarían viables; porque las expectativas de un sector estratégico en Málaga -el turístico y hostelero- podrían verse muy mermadas y, finalmente, porque las ilusiones de toda una ciudad, que vive y disfruta como ninguna otra su festival, se verían defraudadas en estos momentos.

Pero, por otra parte, teníamos una situación sanitaria de enorme gravedad, con una dimensión social nunca vista en las últimas décadas. Una pandemia con implicaciones muy negativas en nuestra rutina vital y una enorme repercusión en el estado de ánimo de todos, que impedía la movilidad de participantes e invitados que pudieran acompañarnos durante la celebración del festival y que abría un periodo de incertidumbre sobre el modo en que las medidas que se vaticinaban afectarían a todos. Todas estas circunstancias tan complejas nos hicieron atenuar la ilusión para priorizar la realidad y primar la responsabilidad sobre los deseos, cuidar de la salud de todos por encima de los problemas organizativos y seguir apostando por la excelencia en otro tiempo más propicio.

Porque el Festival de Málaga es, y debe seguir siendo, un espacio de encuentro internacional, una iniciativa en la que priman la armonía y la felicidad, que no puede renunciar a sus señas de identidad, a su complicidad con el público, descartando la idea de tener la versión a la que nos empujaban las actuales circunstancias. Y esa fue la decisión: aplazar nuestra felicidad colectiva, pero sin renunciar a ella.

Y una vez comunicada, llegó una gran alegría. Las muestras de apoyo y solidaridad que llegaron de todas partes -del sector, de la ciudad, del público- nos emocionaron y despertaron un lógico agradecimiento. Todos, sin excepción, entendieron la lógica de lo decidido y nos mostraron todo su apoyo. Este es el espíritu de nuestra colmena, un sector que unido, como el resto de la sociedad, afronta el daño ajeno como propio y las soluciones a los problemas como un trabajo en común. Y esto nos hizo recuperar la esperanza de que, aun en fechas distintas, el festival podría celebrarse. Los productores y distribuidores decidieron aplazar muchos de sus estrenos para que sus películas pudieran verse -como estaba previsto- en nuestro festival y todo el sector se dirigió a nosotros para remar en la misma dirección, hacia un festival al final de la primavera, en el mes de junio, del 14 al 20 -ese es nuestro calendario ideal- en el que condensemos lo esencial de nuestra 23 edición. Tantos fueron los apoyos y palabras de ánimo, que decidimos dar las gracias a todos con un audiovisual, que os animo a ver.

Nuestro objetivo es hoy mantener el Festival de Málaga como espacio ideal para el encuentro del audiovisual 'en español' y hacerlo mediante una cita más adaptada a las circunstancias, pero que, por encima de todo, sea ese lugar amable y feliz que identifica al Festival donde, una vez superadas estas difíciles circunstancias, el cine y el público se aplaudan de nuevo mutuamente, en un reencuentro espontáneo y sin matices, donde la cultura alumbre esa luz que despejará nubarrones y tormenta.

En aquella inolvidable película de Víctor Erice a cuyo título me refería antes, 'El espíritu de la colmena', el mundo sombrío y opresivo de unas niñas se iluminaba gracias a la inocencia de su mirada y a la fantasía del cine, el único capaz de doblegar al monstruo hasta convertirlo en recuerdo de sí mismo.

Sin duda, hoy resulta complicado hablar de lo que haremos cuando el daño aún es tanto y nuestro futuro, todavía incierto, pero, al margen de lo que suceda y de nuevos cambios forzosos en nuestra hoja de ruta, quiero pensar que el remedio al que aspiramos es el de soñar con un tiempo distinto y renovado, donde el bálsamo de la cultura y la medicina de la alegría amparen de nuevo el encuentro de un sector y una ciudad, ya por fin ilusionados, que juntos harán del cine una esperanza y, de esta, un estado de ánimo y una realidad.

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