Premio Eloy de la Iglesia


Premio Eloy de la Iglesia

CLAUDIA LLOSA

Biografía

Hay algunas certezas indudables en la biografía y en la carrera cinematográfica de la peruana Claudia Llosa (Lima, 1976). Una, su formación. Hija de una familia en la que aparecen nombres tan ilustres como el de su propia madre, la artista plástica Patricia Bueno Risso, pero también los de sus tíos, el escritor, político y premio Nobel Mario Vargas Llosa, y el cineasta Luis Llosa, el derrotero de su formación incluye tanto la universidad de su ciudad natal como los americanos Newton College, la New York University o el Sundance Institute, junto con estancias de formación en Madrid, donde cursó un máster en la escuela privada TAI; y hasta una residencia, por lo que parece, bastante definitiva, en Barcelona.
Formación cosmopolita, pues, pero sin dejar nunca de tener un pie en su país de origen, en sus preocupaciones, en sus míticas creencias. De ahí sus criaturas cinematográficas, la sorprendente Madeinusa (2006), ambientada en unos Andes tan lejanos como fuera de su propio medio y formación; y la contundente La teta asustada (2009), que representó su consagración internacional. No solo por haber logrado el Oso de Oro en el Festival de Berlín (volvería a ganar un premio importante en el festival alemán en 2012, con su cortometraje Loxoro) o el Goya a la mejor película hispanoamericana, sino también por la nominación al Oscar a la mejor producción en lengua no inglesa de ese año. Y un título fundamental para hablar de algunos de los tabúes que vivió la sociedad peruana (y muy especialmente, sus mujeres) en los durísimos años del reinado del terror de Sendero Luminoso.
Paciente constructora de una filmografía tan escueta como autoexigente, el Festival de Málaga premia ahora nuevamente a Claudia Llosa con su reconocimiento. Lo hizo ya en 2014, cuando su emotiva, extraordinaria No llores, vuela, que inauguró ese año el festival, obtuvo el Premio a la Mejor Fotografía del certamen. Un reconocimiento, este de 2017, a una cineasta que ha aunado, en su cine, la difícil dicotomía que suele enfrentar razón con sentimientos, a partir de películas hechas siempre desde la más insobornable independencia, a veces (es el caso de No llores, vuela) después de procesos larguísimos y complejos, y rodajes en condiciones casi inhumanas, de los que emergen sus criaturas tersas, desafiantes de originalidad, dispuestas a conmover, por qué no; pero también a obligar a su espectador a realizar el mismo prodigioso salto sin red y sin certezas. Unas criaturas y una escritura en imágenes que han llevado a su creadora a ser considerada una de las voces más originales del cine latinoamericano contemporáneo.

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