Paula Markovitch presenta ‘Ángeles’, su nuevo largometraje que convierte la marginalidad en un acto de libertad
La directora argentina compite en Sección del Festival de Málaga con esta película que invita al espectador a cuestionar su propia percepción de la realidad
La directora argentina Paula Markovitch ha presentado su nuevo largometraje Ángeles, con el que compite en Sección Oficial del Festival de Málaga, una obra íntima y profundamente humanista que explora la vida, el amor y la despedida a través de tres personajes que habitan los márgenes de la sociedad pero se niegan a definirse por ellos.
En rueda de prensa, junto la actriz principal, Ángeles Mayla Pradal, la cineasta ha explicado que “su historia convierte la fragilidad en fuerza, y la adversidad en un espacio de vitalidad inesperada, reivindicando la alegría como un gesto profundamente revolucionario”.
La película sigue a Ángeles, Isabella y David durante tres días decisivos en sus vidas. En ese breve lapso de tiempo, marcado por la conciencia de una despedida inevitable, los personajes atraviesan emociones extremas que los obligan a confrontar el dolor, el afecto y la propia existencia. Para Markovitch, esa proximidad con la muerte es precisamente lo que dota a la vida de una intensidad particular.
Por otra parte, la directora ha aclarado que el origen del largometraje se encuentra en la voluntad de retratar una forma de vitalidad que muchas veces desaparece en las representaciones cinematográficas sobre la pobreza. En su opinión, los personajes que viven en contextos marginales suelen ser mostrados desde una mirada compasiva o derrotista, cuando en realidad también experimentan alegría, humor y deseo. Por esta razón en Ángeles, reivindica precisamente esa energía vital como una forma de resistencia frente a las condiciones adversas.
Del mismo modo, Markovitch ha defendido que la alegría puede convertirse en un gesto profundamente subversivo. Los protagonistas de la película -un hombre que cuida un estacionamiento y dos niñas que venden caramelos- no se construyen desde la compasión ni desde el victimismo. Son personajes que viven en condiciones duras, pero que conservan la capacidad de disfrutar, jugar y crear vínculos intensos.
El proyecto está basado en su propia experiencia personal. Crecida en barrios populares y marcada por la historia de su familia, ya que sus padres vivieron el exilio durante la última dictadura argentina, Markovitch ha podido comprobar “cómo, en muchas ocasiones, cuanto más difíciles son las circunstancias, más fuerte es la necesidad humana de aferrarse a los momentos de felicidad”. Desde esa perspectiva, la película plantea una reflexión universal, que consiste en que el amor y la muerte atraviesan todas las vidas sin distinción, y esa conciencia compartida es lo que iguala a todos los seres humanos.
En ese sentido, Ángeles también busca reivindicar la singularidad de los personajes frente al peso de su entorno. Le interesaba retratar individuos complejos, capaces de expresar contradicciones, impulsos y secretos propios. Aunque el contexto social influye en sus vidas, no determina completamente quiénes son. Cada uno de ellos conserva un espacio íntimo de libertad.
Ángeles es el nombre de una niña de catorce años que vende golosinas en la calle junto con su pequeña hermana. David, de cincuenta y tantos, trabaja en un estacionamiento. Ambos conversan, se refugian del calor en los autos estacionados y toman el fresco. Una tarde David le confiesa a Ángeles su intención de acabar con su propia vida. En lugar de disuadirlo, Ángeles decide ayudar a su amigo.
El proceso de creación de la película se apoyó en un intenso trabajo de improvisación del reparto –encabezado por Mayla Pradal, Abian Vainstein e Isabella Ramírez–, que permitió construir los personajes desde una dimensión emocional muy orgánica. Al respecto, la directora ha destacado la capacidad interpretativa de María Ángeles Mayla Pradal, así como la energía y espontaneidad que surgieron durante el trabajo con el elenco. Esa metodología permitió que muchas escenas se desarrollaran a partir de momentos inesperados, integrando el azar como parte fundamental de la puesta en escena.
Respecto al rodaje, la cineasta argentina también ha reflexionado sobre su relación con la cámara y el lenguaje cinematográfico. Ha recordado una conversación con una niña que había visto su primer largometraje, El premio. Aquella joven espectadora le comentó que, en una escena especialmente intensa, había comprendido que el personaje no estaba completamente solo porque alguien estaba allí filmándolo. Esa observación llevó a la directora a pensar en la forma en que las nuevas generaciones perciben el cine, cada vez más conscientes de la presencia de la cámara y del proceso creativo detrás de las imágenes.
A partir de esa idea, la cineasta ha revelado que en su película utiliza la mirada directa a cámara y otros recursos formales para generar extrañamiento y despertar la curiosidad del espectador. Su aproximación visual se inspira tanto en la tradición pictórica clásica como en las corrientes más experimentales del arte contemporáneo. Para ella, cada plano funciona como una pincelada que intenta capturar la autenticidad de un momento vivo.
Con esta película, Markovitch propone además una alternativa a las miradas condescendientes sobre la realidad latinoamericana. Aunque los personajes habitan un entorno marcado por la precariedad y la orfandad, la directora insiste en que no son figuras moralizadas ni idealizadas. Son seres imperfectos, contradictorios, a veces luminosos y otras veces duros. Pero poseen algo esencial, la fuerza de existir con intensidad.
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